Siempre con Catalunya

Ahora, en estos días, se cumple el décimo aniversario del pacífico levantamiento de los catalanes contra la sentencia del Tribunal Constitucional, hecha pública el 28 de junio de 2010, que cercenaba el  Estatut aprobado plebiscitariamente por el pueblo catalán, provincializándolo mediante la eliminación de artículos referidos a derechos fundamentales contenidos en  el  texto que los representantes legítimos  en su Parlament  habían refrendado mediante un elemental ejercicio  de práctica democrática.
Un Estatut para sustituir al corto, en su horizonte  y con vocación de provisionalidad, existente elaborado tras la Dictadura y que no respondía a la reclamación unánime de libertad y mayor ejercicio de derechos de la nación catalana, por lo que se imponía la elaboración de uno nuevo con mayores posibilidades, lo que especialmente implicaba unas inexcusables garantías en su ejercicio y aplicación.
Partidos y organizaciones habían presentado para su elaboración diversos proyectos. Por el Partit Carlì de Catalunya, en el mismo espíritu del Projecte d´Estatut de 1930, nacionalista y confederalista solo superado por el independentista de Macià, y con igual espíritu de catalanismo esencial que Tomás Caylà (Secretari General  del Partit para Catalunya en los años 30 del pasado siglo) había concretado estar incluso por encima de la Constitución de la II República.

El proyecto carlista a que nos referimos fue  presentado ante el Parlament de Catalunya por el Partit Carlí, y tenía características que lo hacían absolutamente excepcional y único: había sido elaborado por militantes carlistas no solo de la Catalunya estricta, también de Balears y del País Valencià.

El nuevo Estatut sería aprobado por el 88% de los miembros  del Parlament y seguidamente, de forma incontestable, en referéndum celebrado el 18 de junio de 2006, por la ciudadanía catalana siendo seguidamente enviado al Congreso.

En la Cámara baja la derecha centralista, encabezada por el PP, se opuso a su refrendo, y hasta el PSOE (Alfonso Guerra  manifestó que había que “cepillarlo en profundidad”) también apoyaría la eliminación de varios artículos. Ello no impidió que pese a ser cercenados varios artículos  sustanciales y ser al fin aprobado, por iniciativa del Partido Popular fuera recurrido ante el Tribunal Constitucional constituido en aquel tiempo por seis miembros “cercanos al PSOE” (entonces en el poder) y otros seis del PP. Tras cuatro años se dictaría sentencia en la que incomprensiblemente se eliminaron por anticonstitucionales artículos idénticos a los ya aprobados para los Estatutos del País Valencià y  del de Andalucía. Fueron anulados, entre otros, los referentes al uso “preferente”  del catalán tanto en las administraciones  públicas como en los   medios de comunicación igualmente públicos. Tampoco se admitía que el Sindic de Greuges supervisara “con carácter exclusivo” la Generalitat.

Una sentencia que en la mas triste tradición centralista limitaba o directamente amputaba derechos, provocando su publicación la indignación de los catalanes que de inmediato convocaron una gran manifestación –la mayor hasta entonces conocida-  con una asistencia que nadie estimó por debajo del millón de participantes- y que aún no sería independentista.  A ella asistió también el Carlismo –no el oficial “partit carlí”, alejado del espíritu de Clayrà- con presencia de militantes tan notorios como Clapers, Carbonell, Campás… y hasta con la de otros de varias nacionalidades (Patxi  Ventura, Olcina…) llegados especialmente para solidarizarse y apoyar la reivindicación nacional catalana. La presencia carlista sería muy visible,  destacada con nuestra simbología y hasta con pancarta, e incluso con una bandera de Navarra con lo que se exteriorizaba la solidaridad carlista de Euskal Herria.

No podía faltar, en aquel momento histórico y de posicionamiento anticentralista, la presencia e implicación del partido – de su militancia- en la continuada defensa   de los derechos inalienables  de  Catalunya, de todas las naciones peninsulares.  Una postura que siempre ha sido seña de identidad del Carlismo, como en 1931 al ser parte fundamental en la elaboración y presentación del Pacto de Estella (aún el Partido no estaba controlado por tradicionalistas y mellistas) y,  muchos años después, al ser los primeros en poner la ikurriña en el palacio de la Diputación de Navarra, o en 1998 cuando EKA fue uno de los partidos integrantes del Pacto de Lizarra. La mantenida lucha del Partido Carlista, del pueblo carlista, pese a traiciones y desviacionismos, en defensa y reivindicación de los derechos de todas las naciones peninsulares, de la autodeterminación y del encaje en el libre cuadro Confederal, ha sido siempre su mayor signo de identidad y que implica la continua lucha por la Libertad y la Dignidad de personas y pueblos que justifica su existencia   E.

 

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